Más cerca de la Copa América que del Mundial Sub-17

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Cuando los errores son de fondo, las declaraciones de prensa superficiales no son un bálsamo para las heridas. Eso debió entender anoche en Medellín Juan Carlos Chávez, cuando esta Selección Sub-20 de México comenzó a trajinar el césped del Atanasio Girardot y su posicionamiento no encajaba con la propuesta del rival.

Argentina se fue creciendo anímica y futbolísticamente en la medida que México, o debiera decir, el frágil planteo de la Selección de México, se lo permitió; el ratón que se había crecido mentalmente a gato, volvió a ser ratón cuando se acordó que fue ratón.

Los dirigidos por el bogotano Walter Perazzo salieron respetando al Tri, se notaba la aprensión y la consideración de los suramericanos al juego azteca, al menos al juego que habían demostrado en la fase de preparación camino a esta Copa del Mundo de la categoría en Colombia, que les mostraba como un favorito de cuidado.

Todo hacía prever que así sería; cuando un adversario sale en su dibujo táctico con tres hombres en su línea defensiva, como fue el caso de México, el equipo de enfrente toma sus recaudos, es sintomático, porque ese equipo, Argentina en este caso, asumió de inmediato que ese rival sería un conjunto abocado al ataque, más aun cuando su defensa central hace de líbero, y amenaza constantemente con ser el hombre de salida ofensiva que se agrega al funcionamiento atacante.

Cuando Argentina se percató que todo esto era una pantalla tricolor y que la verdadera pizarra de la “Pájara” Chávez se había quedado en los camarines, comenzó a buscar vía Erik Lamela las maneras más simples de llegar al portero mexicano Carlos López, y esas sendas facilitadas desde lo endeble, fueron las que México nunca controló a lo largo del partido, excepto unos 5 minutos en el primer tiempo, en dos llegadas cargadas de intención de gol… y nada más.

El deambular sin sentido táctico de Jorge Enríquez, transformó al capitán azteca en un mero títere del nuevo “10” de la Roma italiana; los carrileros-volantes no funcionaban en la doble faceta defensiva-atacante de México; las líneas de juego siempre estuvieron partidas, incluso en esas dos llegadas de la primera parte; no hubo coordinación, se pecó de individualismo e imprecisiones y el resultado quedó a la vista de todos.

Con el ingreso en el segundo tiempo de Juan Iturbe en los de Perazzo, Argentina tuvo mayor profundidad, se pasó del respeto inicial al descaro consentido, y el seleccionado azteca sin enterarse de lo que había ocurrido, fue a lomo de los albicelestes, de su juego y de su victoria final inapelable.

Quizás ahora, lo prudente sería regresar a la pizarra pre-partido y enterarse que si no se acata el plan de juego, o este no funciona de la manera prevista, lo aconsejable es cambiar sobre la marcha; eso es lo que hace que un equipo, y su responsable técnico, tengan “presencia”, algo de lo que la Selección de México adoleció anoche ante Argentina en su primer juego del Mundial Sub-20, pareciéndose más a lo visto en la Copa América que en el Mundial Sub-17.

Robert Eizmendi

 

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