Cuando reía como un niño

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Recuerdo que era uno de esos lujosos hoteles en las afueras de Birminghan, en el estado de Alabama, habíamos conducido desde la pequeña ciudad de Athens, en Georgia, y era nuestro deseo estar allí temprano para lograr alguna información; la Selección de España, con Javier Clemente a la cabeza, arribó sólo un par de horas más tarde, pero, el técnico nos sacó de encima como era su costumbre; nos quedamos en el majestuoso lobby esperando la mínima posibilidad de contactar a alguien de la delegación para hacer una entrevista, tomar una foto, o lograr algún tipo de material para hacer una nota sobre el partido de cuartos de final que les enfrentaría a la Selección Argentina de Daniel Passarella.

Pasaba el tiempo y nadie se asomaba por los alrededores; de repente y como una exhalación, el grueso de los jugadores apareció y desapareció como por arte de magia dentro del comedor; decidí aprovechar para ir al servicio, donde de pronto, estando en los mingitorios, entran dos “chavales” de uniforme de aquel conjunto olímpico del ´96, y comentan sobre una camarera que aparentemente estaba muy guapa… aprovecho y les pregunto, con la urgencia del caso, a qué hora entrenaban, cómo se encontraban, si ellos jugarían de entrada frente a Argentina, si se les podía hacer una entrevista y bromeamos un poco sobre el “El rubio de Barakaldo” que les impedía hablar libremente con la prensa; se lavaron las manos, y salieron “escopetados” hacia el comedor donde estaba el resto del plantel de aquel seleccionado que sucumbiría dos días más tarde por goleada de 4-0 ante los argentinos quedando fuera de los Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996, tras haber sido campeones 4 años atrás en Barcelona.

Así fue como, en los servicios de aquel fabuloso hotel, vi sonreír descaradamente por primera vez a Raúl González Blanco, tenía 19 años recién cumplidos y parecía un crío feliz, a su lado, “Lo Pelat”, Iván de la Peña, se divertía tanto como él con el tema de la camarera, salieron corriendo del baño, empujándose el uno al otro con los hombros, como si nada les importara más que llegar el primero a su silla antes de que notaran su ausencia medida y bajo control. A día de hoy, aún sonrío en la distancia con esos “curiosos” minutos petrificados en mi tiempo.

Sin embargo, Raúl, ya no parece ser el feliz niño que me crucé en un aseo de Birmingham aquel mediodía; a pesar de mostrar cada tanto su sonrisa, el “7” de siempre, de “toda la vida”, del Real Madrid, ha ido perdiendo la gracia de disfrutar del fútbol; sus goles actuales faltos de gozo dan paso sólo a la apariencia, sus récords de goles en Champions League no tienen la ilusión de antaño, y ya para él, las merecidas condecoraciones centenarias no valen ni un cómodo y placentero viaje desde Gelsenkirchen a Madrid.

Robert Eizmendi – Corresponsal España

 

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