Prefiero hablar del Mirandés

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He cruzado muchas veces en los últimos años la población de Miranda de Ebro, en la provincia de Burgos, y cuando me ha tocado atravesarla, ya haya sido de día, de noche, con frío o con calor, siempre me ha parecido particular porque, a no ser por algunos arreglos que se le hicieron últimamente a sus calles, la principal, la que atraviesa la ciudad por su eje rumbo al norte, ha despertado en mi, el sentimiento de pasar por un sitio suspendido en el tiempo.

De este poblado castellano situado a unos 320 kilómetros de Madrid, es uno de los cuatro semifinalistas de la Copa del Rey que ha arrojado una sorpresa ansiada y deseada por toda España, exceptuando a los aficionados al RCD Espanyol de Barcelona, a quienes precisamente el Club Deportivo Mirandés de la Segunda División ‘B’ española y de escasísimo presupuesto deportivo, eliminó de la competición copera.

Un campo con capacidad para escasos 6.000 espectadores, con una iluminación deficiente y gente subidas a los más increíbles lugares desde donde se pudiese apreciar mejor el partido, les vio saltar y brincar a sus jugadores como a niños con juguetes nuevos a la hora del tardío pero seguro triunfo que le daba el pase a la siguiente ronda, olvidando que estaban haciendo historia, dejando de lado a todo un candidato a continuar en el torneo y a la espera de otro con más galones aún en estas lides como es el Athletic de Bilbao, sus casi vecinos provinciales y rivales en las semifinales la próxima semana al haberse deshecho los vascos del Mallorca en las Islas Baleares.

A mucha distancia, y no sólo geográfica, dentro del territorio español, el FC Barcelona y el Real Madrid dilucidaban una de las plazas para unirse a la estancia en la que ya se encontraban los burgaleses; en un Camp Nou repleto, fastuoso, resplandeciente, que presenció como la angustia futbolística de los locales pasaba aferrado de la mano del pánico culé al haber eliminado a su más acérrimo adversario de toda la vida con el sufrimiento por bandera y a la espera del último clasificado, el Valencia, que salió hoy del resultado global bien manejado por los de Unai Emery ante el Levante, y a quienes deberán enfrentarse camino a la final de la Copa del Rey.

Así pues, prefiero quedarme ilusoria y ficticiamente en un café de Miranda de Ebro y ver su gente pasar, feliz, ilusionada y alargando tanto como puedan el tiempo del gozo que disfrutan ahora, que distraerme a toda velocidad por las calles de grandes ciudades que abren y cierran sus estadios acorde a las urgencias de nuestros días y de sus pesados bolsillos que deben rellenar.

Robert Eizmendi – Corresponsal España

 

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