Un cuento de ficción y fútbol

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Había una vez, en una ibérica nación de Europa, un ciudadano chino llamado Ying Yao, dueño de una cuantiosa fortuna amasada en la oscuridad de la mafia y consabida, la misma, al amparo de los arreglos políticos que con la necesidad de expandir un poder económico que mejor sirviera a estos propósitos, recibía favores para abrir caminos de mejores y mayores ingresos.

Una vez que el Señor Yao, o Ying, poco importa cuál va primero porque para el caso es lo mismo, se fue quedando sin perspectivas nuevas y prometedoras para aumentar su patrimonio, decidió incursionar en el fútbol.

El análisis de la situación que el balón indicaba, dictaba claramente que los emolumentos a recaudar con el deporte más popular del mundo podrían multiplicarse por cifras considerables, y su instinto negociante le llevó a seguir los pasos de un club de alcurnia en la capital de dicho país europeo.

Como siempre, y a sabiendas de que hay que saber delegar cuando se regentea una empresa de mayúsculas proporciones, Ying Yao se rodeó de un grupo de confianza, también de ascendencia china, para que sus beneficios fuesen por mejor senda, y de tal modo, uno de sus colaboradores más cercanos, un tal Yong Ming, fue la persona elegida para arreglar los pormenores de una gira por aquél ‘vergel’ asiático en el verano del 2011 que iniciaría la relación entre ellos; a tenor del dinero que se le proporcionaba a dicha entidad para presentarse ante los simpatizantes chinos y entablar el principio de una onerosa relación de gran interés comercial, la idea había germinado.

El mismo ‘protagonista’ en aquella gira de este club por el ex imperio de Mao Zedong, o Mao Tse-Tung que es exactamente el mismo prócer, pudo así ser conocido por las autoridades del equipo europeo y ser bienvenido, en la vuelta a casa, en los palcos VIP de su solemne estadio las veces que quisiera.

Ming, haciendo uso de las instalaciones, abierta y gratuitamente ofrecidas, y en estrecha conexión con los hombres que mandan en tales palcos, organizó allí encuentros a manera de reuniones de trabajo, para hablar de las transacciones que entre europeos y asiáticos podrían mutuamente ofrecerse para el rédito conveniente de ambas partes.

Sin embargo, un buen día y vaya uno a saber por qué extraña razón de la justicia, se descubrió la ‘tapadera’ que comandaba Ying Yao y lo que prometía ser un ‘paraíso’ de ensueño económico, se transformó, de la noche a la mañana, en el ‘infierno’ por el que hoy atraviesan ambos bandos; los que cogieron con las manos en la masa por un lado, y los que aún están sueltos por el otro.

Y colorín colorado, este cuento aún no se ha acabado…

Robert Eizmendi – Corresponsal España

 

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