La caída del Imperio Culé

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He leído innumerables hipótesis sobre el final de ciclo de este FC Barcelona; este mismo equipo que sucumbió ante el AC Milan y fue humillado por el Real Madrid en su terreno y en el Santiago Bernabéu, este mismo conjunto blaugrana falto de dignidad que hemos visto por varios campos de juego en los últimos tiempos sin encargarse de lavar su afrenta moral maltrecha.

Hemos podido asistir a la degradación lenta de su juego vistoso y productivo, se ha hecho hincapié en muchas ocasiones que esa percusión a través de la posesión del balón y la efectividad, sobre todo con un Lionel Messi en una magnífica forma, decidía partidos, para hacer de este conjunto catalán el mejor del mundo y que, por ahora, ha dejado de ser tal.

Se debate hoy en día acerca de la táctica, de la estrategia, de la parte física mal administrada, de la pésima autogestión de los futbolistas sin Tito Vilanova, del estático y atemorizado proceder de un incapacitado Jordi Roura para reemplazarle, del dubitativo mandato del presidente Sandro Rosell, y hasta se culpa a Josep Guardiola por abandonar la disciplina culé a finales de la temporada anterior.

Puede que en parte, sólo en una ínfima parte, alguno de estos puntos tengan una pizca de veracidad consentida para la consecuencia final, pero, el real trasfondo de la ‘debacle’ no debe ser encasillado allí, sino en el origen de este triste colofón que se ha ido potenciando en el corazón del vestuario azulgrana sin que nadie hiciese nada para impedirlo.

La catarsis a la que debe someterse ahora el Barcelona debería iniciarse en la revisión de la altivez de su directiva, continuando en la autosuficiencia de su cuerpo técnico, y terminando en la soberbia de sus jugadores, viciados de un postura elitista que no les ha conducido sino al lastimoso lugar en que ahora se encuentran.

La expulsión de las sustancias nocivas a las que deberá hacer frente el Barcelona, pueden ser explicadas con nombres y apellidos de los que han colaborado estrechamente para cercenar un crecimiento que parecía ideal y que prometía un bienestar institucional que se ha visto abortado por la altivez, la arrogancia, y el engreimiento que todo lo echa a perder en la humanidad del que no conserva su propia esencia.

Desde el primer jugador titular hasta el más insignificante de los suplentes del Barça, tienen gran parte de una culpa en la que deberán hacer hincapié a conciencia para generar un cambio imperativo.

En la portería, Víctor Valdés, por su improcedencia humana y su pobre demostración futbolística en esta temporada, y José Manuel Pinto, desde su mediocridad con corto tiempo de expiración, ya no son arqueros para este equipo.

La defensa necesita con urgencia recambios, y no sólo generacional por la avanzada edad de Carles Puyol o la enfermedad de Eric Abidal, sino de jugadores válidos en el rol correspondiente, no son aceptables las absurdas adaptaciones de medios en centrales, sino por una urgencia; Gerard Piqué con su divismo, parece estar más preocupado en lo que podría devenir ‘políticamente’ cuando deje de jugar que en su carrera actual de futbolista; Dani Alves ya no es aquel lateral de ida y vuelta constante e incansable que aporta buen juego; Javier Mascherano, Adriano y Alex Song se asemejan más a invitados que a participantes aceptados de prestigio catalán; Marc Bartra y Martín Montoya están aún en el limbo de no enterarse a dónde pertenecen; y sólo Jordi Alba muestra ser alguien en quien confiar de cara al futuro condicionado a una intención de cambio.

En el mediocampo, encontramos quizás el grupo con mayor estabilidad para tener una continuidad consensuada desde todos los ángulos, con Sergio Busquets, Andrés Iniesta y Lionel Messi, como bases en donde generar el cambio tan necesario; del resto de esa línea media, poco se tiene en cuenta como rescatable, el tiempo de terminar sus días futbolísticos están ya muy cercanos para Xavi Hernández, su lógico reemplazante, Cesc Fábregas, no ha regresado todavía de su pasado en el Arsenal inglés en el que era un jugador más importante que en el vestuario culé, y Thiago Alcántara insiste con la fantasía de su juego de toques exasperantes, por momentos inocuo, y sin crecer mental y futbolísticamente; en este apartado vale lo mismo que en el sector defensivo para Mascherano y Song, con los agravantes de Jonathan Dos Santos y Sergi Roberto que continúan a la sombra de los ‘jefes’ del clan, el mexicano por caprichoso, el otro, al acecho de una oportunidad que no se vislumbra como posible aún.

En la ofensiva, allí donde gobierna Messi, nadie se acerca a ser el compañero ideal del argentino sin importar quién juega; las posiciones son contadas más como fracasos que como aciertos sino se le asiste al ‘definidor’, para que sea éste quien culmine cada accionar atacante rumbo al gol. En ese ataque, no cuentan los números certificados de David Villa con el seleccionado Campeón del Mundo, ni la entrega intermitente y muchas veces errática de Pedro Rodríguez, tampoco la velocidad y la voracidad juvenil de Christian Tello, y ni hablar de Alexis Sánchez, con o sin exorcismo de por medio, para salvar a este Barcelona camino a un inexorable cataclismo.

En conclusión, sólo Alba, Busquets, Iniesta y Messi, serían las bases para edificar un nuevo proyecto al que debe abocarse el FC Barcelona a partir de ‘ayer’, porque de lo contrario, ni éstos 4 se salvarán de la hoguera.

Robert Eizmendi – Corresponsal España

 

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