Entre enero y septiembre

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Ocho meses, casi el tiempo de un parto ha sido para Iker Casillas lo que le acerca si no al final de su carrera, sí a la aceptación de un rol secundario a partir de aquí en el Real Madrid de Carlo Ancelotti; desde aquél partido frente al Valencia en Mestalla, con José Mourinho en el banquillo en enero de este corriente año, cuando al minuto 16 debió dejar su puesto por el golpe de Álvaro Arbeloa, a éste septiembre en Estambul, ante el Galatasaray turco, en que Sergio Ramos le lesionó cuando corrían 14 minutos de juego e ingresó Diego López.

Al margen de las lesiones que le separan de la titularidad, corresponde juzgar al capitán del Real Madrid ya no desde su capacidad futbolística, sino desde la anímica, desde esa fortaleza que se necesita y no tiene, para superar situaciones anárquicas, como con Mou, y desde la insuficiente actitud que ha demostrado cuando el entrenador italiano decidió que no sería el indiscutido dueño de la portería blanca al principio de esta temporada.

Los encuentros en que ha actuado Casillas en el Madrid desde el arribo de Ancelotti, más por cierta presión ejercida por los aficionados, directivos y su entrañable carrera en el conjunto blanco como en la Selección de España, no han sido muestra suficiente de sus ansias de continuar luchando por lo que supuestamente era suyo.

Habría que reconocer que tras las duras batallas y desacuerdos que le enfrentó a su antiguo técnico en el Madrid, Casillas no volvió a ser el mismo capitán, incluso en ‘La Roja’, que tan orgullosamente levantara las Copas de Europa y del Mundo con el aún hoy protector Vicente del Bosque.

Hoy se reconoce en él, más a un jugador dispuesto a abandonar una lucha en lugar de intentar ganarla a base de espíritu vencedor; se le nota desganado, en otro capítulo de su vida, deportiva al menos, y no dispuesto a recuperar una dignidad extraviada, amén de su lugar bajo los tres palos del equipo de Ancelotti.

Lo de Iker Casillas tiene, indudablemente en el fondo, tintes deportivos, sin embargo, lo que más se nota es su tristeza del alma, y en ídolos como él, eso es lo imperdonable e inaceptable, por más que aquella suerte que tuvo a lo largo de su carrera deportiva haya desaparecido entre el Mestalla de Valencia y el Ali Sami Yen de Estambul.

Robert Eizmendi – Corresponsal España

 

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Comentarios
Mostrando 1 - 1 de 1
    kuruc111
    1:22 am
    Septiembre 22nd, 2013

    necesita a un psychiatra!!! todos los equipos grandes deberian de tener uno a tiempo complete!

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