Nacido el 11 de septiembre

  • 20 de September de 2011 a las 11:10 am EDT | por Raul Stolk |
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Buen título para la continuación de alguna película de Oliver Stone –de cuando sabía hacer cine- y que probablemente quiera arruinar con una mediocre segunda parte, pero no. Aquí no veremos a Tom Cruise corriendo entre blancas palomas. Se trata simplemente de un ejercicio de catarsis para quien suscribe y esperemos que para usted, lector, la última nota que lea –este año- conmemorando la triste fecha.

Cuando viví en Nueva York, cada vez que me preguntaban la fecha de nacimiento para algún trámite administrativo, en vez de contestar con la fácil referencia al 911, comenzaba a recitarla como si fuera un infante aprendiendo inglés: zero, nine, one, one. Al confirmar la fecha, normalmente me extendían una condolencia o un sincero “ouch”. Las celebraciones de cumpleaños en la planta baja del 22w de la 77 mantenían cierto recato, sobre todo por el paso de transeúntes curiosos que se asomaban a la ventana para espiar al grupo de extranjeros que celebraba “algo” en aquel día de duelo nacional.

Pero esas son banales pequeñeces que solo me afectan a mí. Viajar, eso sí ha cambiado para todos. Se ha convertido en algo tan molesto como una consulta médica. Pero una de las realmente incómodas. Como ir al dermatólogo.

Antiguamente, la gente –sobre todo los latinos- solía viajar portando sus atuendos más elegantes. Ahora, no sin razón, la gente viaja con zapatos sin trenzas, sin prendas y con pantalones de liga.

Todos conocemos el ritual: tomar dos bandejas, una para el maletín de mano y la otra para los zapatos; sacar computador; limpiarse los bolsillos; fuera cinturón; adiós a los zapatos y el espíritu santo, amén. Se encomienda uno a pasar por el detector de metales sin que suene. De ser exitoso, igual corre uno el peligro que lo envíen a un scanner que parece sacado de alguna película de ciencia ficción, que luego de hacer una serie de ruidos angustiantes, simplemente echa una corriente de aire por debajo y anuncia que el baño de iones ha culminado. Pero en el catálogo del absurdo, hay cosas aún peores.

Quien haya abordado un avión desde Venezuela sabe de lo que estoy hablando. A la angustia del imperialismo occidental se le suma la paranoia de la revolución. Así pues, nos encontramos con dos máquinas de rayos X, una frente a la otra. La del aeropuerto e inmediatamente después, la de la Guardia Nacional.

Esas medidas de seguridad son muy efectivas para atrapar a algún descuidado que olvidó  un cortaúñas en su equipaje de mano o al vicioso fumador que produce encendedores más rápido de lo que podemos decir treinta y tres; pero difícilmente podrían detectar a algún antisocial con la intención de hacer un verdadero daño. Toda esa pantomima, quizás, sirva para crear una apariencia de normalidad que nos haga sentir una pizca de seguridad y nos permita dormir tranquilos en el vuelo.

La entrada a los Estados Unidos se ha convertido en un calvario también. Ese escrutinio al que nos somete un tal “José Rodríguez” –que no habla español- al llegar al mostrador de inmigración, nos aterra. Mientras hacemos la cola viendo videos de águilas y gente multicolor que nos saluda con un simpático “welcome”, se activa una vocecita –en español- que en nuestras cabezas comienza a resonar, analizando todos los escenarios que podrían convertirnos en acreedores de un no muy placentero viaje al temible “cuartico”. ¿Qué habrá hecho mi presidente en estos días? ¿Cuánta gente de mi país habrá entrado esta semana? ¿Algún narco llevará el mismo nombre que yo? ¿O será que finalmente me atraparán por haber nacido el once de septiembre?

Sigue al autor en twitter: @raulstolk

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