El espectro de Bush

  • 28 de September de 2011 a las 4:26 pm EDT | por Juan Merino |
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George W. BushEstoy en Disney World empujando la silla de ruedas de mi padre cuando de sopetón, en el umbral de la Mansión Embrujada, me encuentro con el espectro de George Bush. Es decir, del  mayor de sus errores.

Mi anciano padre sólo necesita la silla para distancias largas, pero el vecino con quien esperamos junto a la entrada de minusválidos –un hombre de una treintena de años, fuerte, musculoso– la va a necesitar el resto de su vida para distancias largas o cortas: es veterano de Irak y según nos cuentan él y la esposa que empuja, perdió el uso de la mitad del cuerpo tras la explosión de un artefacto improvisado.

Una vez más tengo que pensar en la catástrofe masiva –en términos de vidas y sufrimiento humano, así como de gastos multibillonarios, de prestigio internacional, de solidez económica y de mil otras cosas– que han significado las guerras inganables en Afganistán e Irak que iniciaron Bush, Cheney y Rumsfeld. A quienes habría que sumar en la cúspide a sus principales cómplices: Blair, Aznar, Powell, Rove, Condoleeza, la oposición demócrata acobardada y cientos, miles de individuos y organismos que se dejaron arrastrar por el espejismo de que estas invasiones sí serían exitosas. ¡Ilusos! ¡Ideólogos de pacotilla! ¡O mercachifles!

Cuando parecía que después del descalabro de Vietnam este país había aprendido la lección y aplicaba la regla, si no de oro por lo menos de platino, de invadir sólo naciones pequeñitas y con fuerzas armadas insignificantes como Granada y Panamá, a Bush y compañía se les ocurre ir a meterse en los berenjenales de Afganistán e Irak. Además a ciegas como describe un visionario artículo que publicó Atlantic Monthly en febrero del 2004: Blind into Baghdad

Las consecuencias de estas desastrosas invasiones nos perseguirán por décadas, encarnadas en decenas de miles de víctimas, un agujero gigantesco en el déficit de Estados Unidos del que tanto se habla ahora, un germen de cultivo del encono árabe y musulmán y la desconfianza del resto del mundo hacia las empresas bélicas norteamericanas. Y para Stephen D., de Akron, Ohio, mi vecino en la Mansión Embrujada, las consecuencias lo perseguirán día a día por el resto de su vida.

¿Y todo ello para qué?

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