Las Pro-Maniobras del Aborto, parte 1: Los Pro-Choice

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Foto AFP, PEDRO ARMESTRE

La reciente decisión de la cortes mexicanas de limitar la legalización del aborto es una victoria temporal de las manipulaciones conservadoras sobre las también manipulaciones liberales de quienes profesan el derecho a elegir. En inglés, la terminología resulta más sencilla; se trata de una victoria de los pro-life (pro-vida) sobre los pro-choice (pro elección), pero en el fondo hablamos de lo mismo. Por ahora los unos se han impuesto a los otros, quienes a su turno se reagruparán y planearán el siguiente ataque ad infinitum.

En el mediocampo de esta brega permanece una Latinoamérica que adolece de falta de leyes claras, de políticas de estado destiladas de ideologías tendenciosas, y de una casta religiosa que invierta más de su tiempo en asuntos espirituales en lugar de meterse en las alcobas que no entiende.

Yo en mi vida he militado a ambos lados de la discusión, primero como liberal agnóstico hasta entrado en los veintes, luego como católico reconciliado con mi fe, y ahora con la saludable distancia que me da haber probado un poco de ambos mundos. Mi promedio de convicciones personales dicta algo así como, ¿relaciones prematrimoniales? Que cada quien pruebe según le plazca. ¿Legalización de las drogas? Sí, pero donde sea posible un estrecho control. ¿Matrimonios del mismo sexo? Por supuesto, fomentemos las uniones legales, pero que quieran forzar a la Iglesia Católica a aceptarlas es otra cosa. Eutanasia: Sí también si soy partidario del concepto de vida digna ¿por qué no habría de serlo de una muerte igual?

Pero, ¿y el aborto? Mi respuesta es no y siempre no.

Son las condiciones de la civilización humana las que convierten la llegada de una nueva vida en tragedia, en lugar de alegría; para el resto de los animales con cierta “conciencia”, la pena está reservada para la muerte. En los bosques aúlla una loba por su cachorro muerto, en la sabana lamenta una leona el retoño secuestrado por las hienas. Pero haciendo gala de nuestra citadina humanidad, pareciera que el discurso pro-choice redujera a un posible bebé a la mínima expresión de un apéndice, de un órgano sobre el cual se tiene tanta potestad que resultaría sencillo extirparlo como una amígdala o retirarle del cuerpo acaso como un lunar de más. El feminismo militante es tan agresivo en este tema que brama contra todo lo que se mueva en contra, y le da de machetazos a las marañas de quienes califica de “cucufatos” en su enfebrecido avance hacia El Dorado de las reivindicaciones: Que toda mujer tenga carta libre y protección legal para abortar como y cuando quiera.

Las circunstancias extremas de los casos que llevan a una mujer a considerar un aborto (violación por ejemplo), las duras secuelas y los condicionantes socioeconómicos los dejo en aparte porque esta columna es sobre los mecanismos de manipulación mediática del concepto, no es un tratado sesudo de esos que ya abundan en bibliotecas reales y virtuales (y muchos de los cuales también conozco).

Seamos sinceros: Eso de que “nosotras decidimos sobre nuestro cuerpo” me parece tan simplista que linda con lo majadero. Fue la naturaleza la que asignó la función gestante a uno de los sexos. Un tatuaje o cualquier forma de modificación corporal cae bien a la idea, pero ¿un ser humano? Una nueva persona en ciernes, que puede aportar al mundo (o destruirlo), a la cual no le damos la oportunidad.

Entonces, dicen las feministas ultra, ataquemos esa idea: No se trata de un ser humano, no ha formado aún sus órganos internos. No tiene corazón. No siente. Nunca se dará cuenta. Y si acaso quedara corto, reforzarán con los certeros mensajes aspiracionales. No es justo truncar carreras, malograr futuros. No vale la pena traer un hijo si una no está preparada.

Pasé una semana entera de 2003 en Bogotá, de 9 a 6pm cada día, para capacitarme en un taller llamado Advocacy en Derechos Humanos y Reproductivos, organizado por ProFamilia, la ONG más importante en estos temas en Colombia. Yo era redactor de la revista Caretas y por Perú fue también conmigo Gabriela Wiener, entonces redactora de El Comercio y hoy una destacada escritora –casualmente destacada por especializarse en temas de sexo. Me gané el cupo por algunos artículos que hice en mi época pro-aborto y se suponía que volvería de ProFamilia como un lobista comunicacional para empujar la agenda de los pro-choice. El efecto fue totalmente el opuesto.

Las cifras de ProFamilia son impresionantes, con cantidades de vasectomías y ligaduras de trompas realizadas cada mes, y arsenales de preservativos y píldoras distribuidas también. Pero cuando al cuarto día de largas charlas sobre el empoderamiento de la mujer y la urgencia de liberar al aborto de sus estigmas sociales se me ocurrió preguntar por la familia, la cara de la oradora se descompuso.

Ustedes saben, la familia, la base de la sociedad, dos figuras adultas (según la usanza más extendida) que se complementan para (en el mejor de los casos) la crianza de una menor. (Recalco que estoy cuidando mi lenguaje para que los que buscan pajillas en ojos ajenos se fijen mejor en la sustancia y no en la superficie de este texto.) Yo mismo soy hijo de padres divorciados y puedo dar fe de la solitaria experiencia de un progenitor mutilado de mi vida. Una figura paterna, una materna. Desde los elefantes hasta los caballitos de mar (cuyos machos, dicho sea de paso, llevan los huevecillos), es así el orden de las cosas. Entre las excepciones figuran las lombrices y las amebas, pero prefiero símiles algo más dignos.

- Ay, por favor. ¡No me vengas con familismos! –me dijo la moderadora del taller, delante de todos.

¿“Familismos”? Sí, familismos. En el argot del feminismo avanzado, lo que entendemos por familia es una opresiva estructura patriarcal contra la cual se está luchando. Parece que el plan está claro: Primero legalicemos la potestad de abortar, luego movámonos a imponer una reinvención de la familia. Buena suerte.

Pero de ahí a querer demostrar que un ser humano es tal solo desde cierto momento en que el ovocito se desplaza hasta cierto punto del útero… por favor. Siempre uso este ejemplo: Tomemos un poco de pintura blanca, tomemos otro de pintura negra. Mezclemos un poco y tenemos algo nuevo, algo que ni siquiera es plomo, pero que ya empezó a ser. El ejemplo funciona más sencillo en cualquier desayuno que incluya café cortado.

Ocurre igual con un óvulo fecundado. Ya empezó a ser. Interrumpirlo, suprimirlo, tratarlo como “atraso menstrual”… eso tiene nombre. Señoras y señores pro-choice, díganlo como quieran, contraten a los especialistas que quieran –a propósito, el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) fueron quienes nos contactaron a Gaby y a mí–, pero sean sinceros. Lo que buscan es legalizar una forma sutil de acabar con vidas humanas. Una semana completa de sobredosis feminista me hizo entenderlo en 2003 tras años de abogar por esa misma causa sin sincerarme acerca de las dimensiones de mi postura. Pero eso es lo que es, al final.

Todas mis copias, mis folletos, mis libros y los CDs del taller se fueron al fondo de un bote de basura, a media cuadra de Caretas, sin que me haya lamentado nunca. En el siguiente post explicaré lo que ocurrió después.

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Comentarios
Mostrando -49 - 1 de 3
    Celina Canales
    7:10 pm
    October 5th, 2011

    Sandro, Me da gusto escuchar que después de haber estado del lado “pro-choice” hayas analizado, escuchado, cuestiondado y decidido estar a favor de la vida. Yo también estoy convencida que desde el momento de la concepción empieza una vida humana y hay que protegerla, al igual que la familia. Cuando tengas tiempo por favor lee este artículo, creo que es uno de los peligros que pudieran suceder si el aborto se legaliza: http://www.nytimes.com/2011/08/14/magazine/the-two-minus-one-pregnancy.html?scp=1&sq=twins,%20abortion&st=cse

    Por otro lado, también creo que meter a la cárcel a las mujeres que aborten NO es la solución. Lo mejor es prevenir desde un principio los embarazos no deseados y apoyar a las mujeres que se vean en una situación donde sientan que su única salida es el aborto. Creo que lo que más necesitan es aistencia y no castigos. Quizas la adopción sea buena solución…también hay que analizar el papel de los hombres en todo esto…porque se necesitan dos (al menos de que sea inseminación artificual) para embarazarse! Y a ellos siempre los tenemos fuera del debate!

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