Pecado sin nombre

  • 13 de November de 2011 a las 11:55 am EDT | por Jorge Cancino |
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El escándalo de los abusos sexuales a niños cometidos por uno de los asistentes del entrenador del equipo de fútbol de la Universidad de Pensilvania no tiene nombre. Tampoco tiene nombre el cobarde silencio que algunos guardaron.

Informes de prensa revelan que asistentes del equipo de la prestigiosa universidad presenciaron cómo se violaban niños y voltearon las miradas. Y así se mantuvieron diez, doce años, como si nada, cosechando victorias, saboreando triunfos, sonriendo a la suerte mientras un grupo de niños se sumía en uno de los dolores más horrendos existe.

En mi libro ‘La revelación del Tercer Secreto de Fátima, el Escándalo de Peñablanca’, incluyo una entrevista que hice en 2002 a la psicóloga clínica Magaly Mauer para hablar sobre los daños que deja la violación sexual en los niños. Le pregunté si había cura, si las víctimas podían olvidar, volver a ser como antes, sonreír, convivir, confiar, soñar, cerrar los ojos sin miedo a la oscuridad, al abuso, a la asquerosa violación.

Mauer dijo que una forma de medir el daño es tratando de medir el la relación que el niño tenía con el abusador. Por ejemplo un padre, una madre, un sacerdote o un entrenador. Y peor aún, como en el caso de Pensilvania, el benefactor de un hogar para niños necesitados. Esos niños tenían “una total confianza y total esperanza de que esa persona está ahí para prometerme a mi”, explicó Mauer.

Agregó que la violación es un acto de violencia. Yo digo que se trata de un monstruoso acto de violencia. Pero más grave es el hecho que algunos vieron esa monstruosidad y guardaron silencio. ¿Ese es el espíritu de solidaridad propio de una casa de estudios superiores de Estados Unidos?

El daño causado a estos niños es tan grande que la sociedad no es capaz de asimilar la gravedad y magnitud del delito. Aunque recen, aunque pidan perdón, aunque clamen perdón, aunque tiemblen las graderías del estadio de la Universidad de Pensilvania, nada curará a los niños violados por el asistente del entrenador y nada hará que se olvide el silencio de aquellos que vieron cómo abusaban de esos pequeños y guardaron un maldito silencio.

Poco se conoce todavía el grave daño que causa en niños la violación. Se trata de un dolor que se queda, un llanto que se vuelve eterno, lágrimas que se congelan en la memoria, pesadillas que se resisten a dormirse en el subconsciente. El recuerdo de la violación también es traicionero; despierta en cada flash back y los flash back asoman a cualquier hora del día. Se accionan con un olor, una sombra, un color, un gesto, un ruido, una fecha, la lluvia, la nieve, un grupo, una burla, un silencio, maldito silencio.

El centro de estudios superiores donde laboraba el asistente del entrenador de fútbol no supo proteger a esos niños y ahora tiene la responsabilidad de destinar todos los recursos posibles para ayudarlos a seguir viviendo, dentro de una normalidad posible. Debe invertir en nuevas investigaciones para poder medir el grado de sufrimiento de un dolor inmenso, un llanto grande, un pecado que no tiene nombre.

A partir de ahora ni 100, ni mil, ni un millón de touchdown serán suficientes para arrancarles una sonrisa a las víctimas. Lo único que queda es hacer el compromiso de NUNCA MÁS. Y procurar que ningún otro asistente se le ocurra guardar silencio cuando vea que superior comete la peor de todas las aberraciones que puede llevar a cabo un ser humano: violar a un niño.

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